El 6 de Agosto completamos las exploración del tramo comprendido entre la ciudad de Sagua y San Jorge, ya comenzíbanos a tener una idea bien clara de la enorme actividad indígena que en tiempos prehistóricos animaba a la cuenca del Undoso. Nos imaginábamos un tránsito de canoas numeroso y un gran movimiento a lo largo de ambas riberas como nunca más lo ha habido, porque hemos de aclarar que, lo que hoy es el tramo más deshabitado del río Sagua La Grande, en épocas pre-coloniales fue todo un hervidero de civilización. Los aborígenes sagüeros contaban con el río más grande y caudaloso del norte cubano rico en moluscos, peces, quelonios, aves y mamíferos, pero que además le brindaba la ventaja de un transporte rápido entre el mar y la tierra adentro, lujo con que no podían contar otras comunidades indígenas.¡ Los que se apoderaron de la ribera del Sagua fueron los más prósperos sin duda alguna! como bien muestra la abundante y variada dieta en nuestras excavaciones arqueológicas. La fauna marina, la fluvial y la terrestre era de más fácil acceso para estas comunidades ribereñas que para el resto de los enclaves indios; y el ejemplo lo vemos después cuando los colonizadores convierten a Sagua La Grande en la ciudad más opulente del antiguo territorio Sabaneque, desde el río Sagua La Chica hasta los límites con Martanzas ninguna otra comunidad pudo competir con la floreciente economía de esta villa enclavada en las márgenes del Undoso. Los indios lo sabían y por eso ahora nos encontrábamos con sus numerosas ciudades prehistóricas a lo largo de toda la cuenca.
En cualquier recodo nos sorprendían gubias, cucharas, martillos, infinidad de puntas de flechas (lo cual mostraba la intensa actividad de caza por estos bosques), raspadores y vasijas de nuestros siboneyes. Montículos o asentamientos propiamente dichos teníamos unos pocos cada cierto tramo del río pero todos ellos interconectados en todo momento por una visible actividad humana constante.
Aquella tarde regresamos temprano al campamento ya que de pronto cúmulos de nubes oscurecieron el cielo; el olor de la fría brisa presagiaba tormenta. Con la alegría de un anfibio nos acurrucamos dentro de nuestra morada de lona. Esperábamos el diluvio entre algunos traguitos de ron y con la estación americana WQAM que con la versión de “La Quinta de Beethoven” inauguró el temporal.
Una fuerte ventisca comenzó por acariciar los sólidos vientos de nuestra tienda, haciendo que el farolito suspendido en el techo nos alertara. De pronto, una banda del techo se desinfló cayendo sobre nosotros; con rapidez traté de sostener la soga zafada, pero ya era tarde, la casa cedió y otros cordeles saltaron; luchábamos inútilmente contra un serio mal tiempo, entre lluvia y truenos cada uno de nosotros trataba de sostener los vientos de la tienda a gritos que apenas se oían; la situación se nos parecía mucho a los momentos anteriores a un naufragio que habíamos visto en las cintas de piratas; la vela de nuestro barco era la enorme lona de la casa de campaña que no podíamos controlar y que intentaba volar hacia el río como un inmenso globo aerostático lo que nos hizo tomar la decisión de introducirnos en su interior y dejarnos caer como anclas para así protegerla lo mejor posible hasta que todo. Sentados en el suelo cada cual agarraba con fuerza su pedazo y por mucho tiempo aquella postura nos debilitó mucho, en ocasiones llegamos a pensar que sería preferible dejarla volar, pero el orgullo no nos permitía dejar nuestra expedición a medias, no nos podíamos ver las caras y nos comunicábamos a gritos. Rafe sostenía la lona con ambas manos y con sus rodillas protegía al radio que aun cantaba. Por fín la furia de los elementos comenzó a dar señales de pacto. Bajo el gris de la ya debilitada borrasca, comenzamos a levantar de nuevo nuestro hogar como laboriosas termitas. Estábamos chorreando agua y temblando del frío, perdimos algunos víveres y toda nuestra ropa y camas estaban empapadas de agua; por mi parte perdí parte mi cajita de insectos, sobre todo algunas frágiles mariposas que me habían llevado tiempo capturarlas . Desde el río la voz de Guillermo nos comunicó que nuestro barco yacía totalmente desbordado de agua, por lo que sin pérdida de tiempo comenzamos a achicarlo y una vez aligerado lo subimos un poco a la tierra y atamos fuertemente; la oscura noche nos sorprendió en esta labor y con ella el empeoramiento de la turbonada. Lázaro Daniel con una linterna y una capa fue a la cabaña de Pampín y recogió nuestra cena la cual devoramos como felinos hambrientos. Preparamos nuestros húmedos catres como pudimos y nos recostamos a meditar sobre la agotadora jornada; sobre el techo de la lona el sonido de la lluvia nos deleitaba y esto armonizando con nuestro cansancio terminó por rendirnos…